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El Apocalipsis


Los gritos de la gente y el claxon de los coches le sobresaltaron. Apartó la mirada de su ordenador y vio como sus compañeros de trabajo salían corriendo atemorizados hacía las ventanas. Gabriela también lo hizo, pero con lentitud. En su interior sentía que no estaba preparada para otra mala noticia, incluso sin saber aún qué sucedía. Sentía las piernas entumecidas, sin fuerzas, como si una fuerza desconocida le impidiese acudir a ver lo que ocurría.

Cuando llegó a la ventana de su despacho, puedo comprobar como multitud de personas corrían por la calle sin rumbo y aterradas. Otras, habían salido de su coche y dudaban entre si volver a entrar o huir como los demás. Veía como en los edificios colindantes miraban incrédulos a todos lados y sacaban medio cuerpo para poder comprender qué pasaba. De repente, se quedó mirando a un niño de unos diez años que estaba quieto, impasible, mirando hacía arriba sin pestañear desde la terraza de un piso que hacia esquina. Gabriela subió la persiana, sacó la cabeza por fuera y miró hacía la misma dirección. En el cielo, brillante y colosal, se presentaba ante sus ojos un inconmensurable objeto flotante tan grande como un estadio de fútbol.



El miedo abrazó su cuerpo, la respiración se le volvió dificultosa y sus extremidades empezaron a temblar sin control. "¡No puede ser! ¿Es un ovni de verdad?" —Se preguntó. Quería pensar que todo era un sueño, esas cosas solo podían pasar en las películas. Instintivamente, su cuerpo fue retrocediendo hacia atrás, sin quitar la vista en ningún momento del cuerpo astral. Rápidamente su teoría de estar soñando se desvaneció, lo que tardó el chico de seguridad en chocarse con ella y tirarle al suelo con violencia, en su carrera por llegar al ascensor.

Aturdida en el suelo, le dio tiempo a pensar en infinidad de cosas. "¿Vendrían en son de paz? ¿Sería ese el final de todo? ¿Qué estarían haciendo sus padres? ¡Seguramente estarán preocupados!". Sacó su móvil e intentó llamar a su madre, pero no daba señal. Lo intentó con su padre con idéntico resultado. Cuando se quiso dar cuenta, toda la oficina estaba vacía. Al parecer, todos habían huido sin pensárselo, pero a ella solo le venía a la mente él. Pensó que no podía dejarlo solo, que dependía de ella.

Tomó la determinación de ir a casa a buscarlo y huir juntos. Bajó rápidamente los tres tramos de escaleras pensando que si fallaba el ascensor no habría nadie que la pudiera sacar y llegó a la puerta principal del edificio. Sin embargo, cuando se disponía a salir al exterior, una tremenda deflagración recorrió la calle. No hubo explosión, tan solo observó como una llama gigante fue propagándose a baja velocidad, apropiándose de todo lo que encontraba y dejando un escenario apocalíptico. Entendió en ese momento, que quedaba resuelta su primera pregunta.

Por suerte para ella, el habérselo tomado con calma le había salvado la vida. El resto de gente no podía decir lo mismo. Miraras donde miraras, el espectáculo que se vislumbraba era dantesco. A los pocos minutos el platillo tomo algo de altura y empezó a moverse en zigzag hacía adelante. Fue el momento que eligió ella, para salir del edificio y correr en dirección opuesta al objeto, hacía su domicilio. En su mente, el único propósito de llegar a casa y reunirse con él para que no estuviera solo. Su amado compañero, su mejor apoyo, siempre con una sonrisa. Mientras corría, por las calles tan solo veía cadáveres, fuego, cenizas y humo. Deseó con todas sus fuerzas que el platillo no hubiera pasado aún por su domicilio.

Por suerte, a lo lejos pudo divisar el parque donde solía ir a correr. Al llegar giró a la derecha y se encontró con su calle en perfecto estado. La gente seguía moviéndose despavorida y guardaban enseres en sus vehículos, dispuestos a salir huyendo lejos de la ciudad. Abrió la puerta del portal, subió a la tercera planta por el ascensor y llegó a su apartamento. Al acceder al interior, una gran masa de pelos se la abalanzó y tiró al suelo. Su perro Eco la saludaba nervioso pero contento de verla. La lamía la cara y movía el rabo feliz. Ella le estrechó entre sus brazos, le acarició la cabeza y dijo:

—¡¡No te preocupes! ¡Ya estoy contigo, mi Eco bonito! ¡Tú no me dejaste sola nunca y yo tampoco lo haré!

Acto seguido una luz fue apropiándose de todo. Un brusco ruido y una sensación de gran calor fueron haciendo presencia. Se acurrucó en la alfombra junto al sofá, apretó a su fiel mascota contra sí y cerró los ojos. El final estaba ahí y no había tiempo ya para lamentarse de nada.













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