El faro
En su hogar se encontraba seguro y libre, pero le entristecía la soledad.
Siempre había sido una persona positiva y emprendedora, pero los palos de la
vida se habían cebado y no sabía salir del agujero. De repente, una luz entró
por su ventana estampándose en la pared de la habitación. Perplejo, pudo
vislumbrar en esta lo que parecía ser la figura de una mujer efectuada por las
sombras. Miró hacía todos lados y constató que no había nadie, tan solo sombras
que jugaban con su imaginación. Agitó su cabeza de forma incrédula y siguió
absorto en sus pensamientos. Pero poco le duró su atontamiento, la ventana
se abrió de par en par y sus hojas empezaron a golpearse con el marco mientras las
cortinas volaban por toda la habitación. ¿Cómo era posible que se abriera la
ventana si estaba el pestillo echado? Miró por ella y entendió que la luz que
entraba, provenía del foco del faro de la playa. Acto seguido, el foco se movió
y apuntó hacía el suelo, delante justo de su casa. El corazón le empezó a ir a
mil por hora y se convirtió en un mar de dudas. ¿Qué sucedía? ¿Alguien le
quería decir algo? ¿Era una broma? ¿Debía salir y hacer algo? Tras unos minutos
de titubeo e incertidumbre, decidió salir de casa y ver qué sucedía. Se puso
las bermudas y una camiseta, se calzó las deportivas, cogió las llaves de casa,
el móvil y se dirigió hacia la luz.
A medida que llegaba al foco, este se iba moviendo, marcando la dirección
que debía seguir por caminos perfectamente delimitados. Tras haber andado unos
minutos, el foco desapareció y pudo observar que estaba justo debajo del faro,
tan majestuoso y solemne como siempre. "¿Hola?, ¿hay alguien aquí? —gritó
en un intento por entender qué estaba sucediendo. Pero nadie respondió, tan
solo se escuchaba el sonido de las ramas de los árboles golpeándose y el del
mar contra las rocas. Fue hacía la entrada del faro y vio la puerta abierta,
alumbró con la linterna del móvil y fue subiendo rápidamente las
escaleras. Cuando llegó arriba del todo, el interior estaba vacío. Ni
rastro de gente, ni síntomas de que la hubiera habido. Nuevamente, sin
esperarlo, el foco se encendió solo y apuntó hacía un lugar, en este caso hacía
el propio mar. No veía bien con la oscuridad y el movimiento de las olas, pero
le pareció divisar un bote a la deriva atascado en la costa. Reaccionó rápido y
bajó las escaleras de dos en dos, dirigiéndose a toda prisa hacía la playa.
Allí, más de cerca, comprobó que efectivamente había un bote encallado entre
las rocas y alguien en el agua agarrado a este como buenamente podía. No se lo
pensó, se quitó la camiseta, las deportivas, dejó en la arena los objetos que llevaba y se tiró
al agua aprovechando la luz del faro.
El mar estaba embravecido y la corriente no se lo iba a poner fácil. A duras
penas, consiguió llegar al lugar donde se encontraba el bote y empezó a buscar
al individuo. Fue nadando alrededor del bote e incluso escaló por las rocas,
pero no aparecía por ningún lado. Sin embargo, cuando ya daba todo por perdido,
pudo apreciar una mano agarrada a la horquilla donde van sujetos los remos. Se
dispuso a coger su mano, pero cuando casi la había agarrado, esta desapareció y
se sumergió en el mar. Él, desesperado, hizo lo mismo y pasó a formar parte de la
nada. Cuando ya todo parecía perdido, los dos resurgieron de las
profundidades, dieron una gran bocanada de oxígeno y empezaron a agitarse en la
superficie. Tras una lucha titánica contra el mar y contra su propia
resistencia física, logró que ambos llegaran a la orilla. Llegó exhausto, dejó
caer a su acompañante al suelo con poca delicadeza y se dejó caer medio
desmayado. Cerró los ojos y, mientras recobraba el aliento, pensó en la fortuna
que había tenido al ser buen nadador. Ya algo más tranquilo y descansado, se
incorporó quedándose sentado en la arena de la playa y miró hacía su
acompañante. El foco los apuntaba directamente y en ese mismo momento es cuando
se dio cuenta de que era una mujer. Tenía el pelo largo y rizado de un color
dorado como el trigo recién cortado. Le llegaba hasta la cadera. Llevaba un
camisón fino y largo, como si algo le hubiera sacado de su cama también esa
misma noche. Cuando ella abrió sus ojos azul celestes y se quedó mirándole
fijamente sorprendida, quiso no borrar de su recuerdo jamás ese rostro
angelical. Aún empapada, despeinada y pálida por el frío del agua, se apreciaba
una joven de facciones dulces y perfectas.
Finalmente, la chica se puso de rodillas y lo abrazó fuertemente
agradecida. Él devolvió el abrazo, sonrió y deseó que no acabara nunca.
"¡Muchas gracias!, ¿Cómo te llamas?, ¡Yo soy Alma! ¿Y tú?" —preguntó
ella. ¡Salvador! —contestó él. Ambos se miraron fijamente y soltaron una
carcajada. El foco se apagó y las figuras desaparecieron del paisaje.
Jamás se separaron.


Me ha encantado ☺️
ResponderEliminarQuiero segunda entrega!